Los ecosistemas acuáticos de Las Hurdes

 

 

Alfonso J. Rodríguez Jiménez.

Doctor en Ciencias Biológicas

 

LOS  ECOSISTEMAS ACUÁTICOS DE LAS HURDES

 

 La comarca de Las Hurdes se enclava en una zona montañosa del Sistema Central, al norte de la provincia de Cáceres.

     Geológicamente forma parte del Escudo Herciniano, con materiales precámbricos y cámbricos, siendo los más abundantes: las pizarras, las grauwacas y los conglomerados. Los suelos son poco profundos y escasamente desarrollados (leptosoles). Sus montañas tienen relieves más suaves  y alturas menores que las de Somosierra, Guadarrama y Gredos, fruto de la intensa erosión sufrida desde su último plegamiento durante la orogenia Alpina.

     Con un ombroclima húmedo (entre 1000 y 1600 mm anuales), Las Hurdes componen un enclave de gran riqueza y diversidad de masas de agua. La peculiar disposición orográfica de este territorio, con un ligero basculamiento hacia el este, va a determinar que gran parte de las cuencas fluviales discurran en sentido oeste- este, al revés que el resto de las cuencas occidentales de la Península Ibérica.

      El territorio de Las Hurdes queda atravesado por multitud de cursos fluviales que acaban confluyendo en cuatro ríos: Ladrillar, Hurdano, Esperabán y los Ángeles. A su vez, todos ellos terminarán desembocando en el río Alagón, que ve prontamente represado su abundante caudal en el embalse de Gabriel y Galán. El origen de tal riqueza acuática radica en los neveros invernales y primaverales de las altas cumbres y sobre todo en las abundantes lluvias causantes de escorrentías y drenajes hacia el subsuelo recargando acuíferos, aflorando por nultitud de grietas de la roca madre para componer posteriormente sobre la superficie multitud de paisajes acuáticos.

         Las aguas de escorrentías, durante gran parte del año resbalan por las laderas rocosas y dada su persistencia temporal, es frecuente la presencia de largos hilachos de algas clorofitas filamentosas (Spyrogira sp.), que tapizan de verde a las pizarras.  Estas aguas salvajes acaban  encauzándose en lechos socavados en la roca madre formando torrenteras. Con frecuencia estos surcos dan lugar a profundas depresiones en las laderas, los collados, que por erosión remontante originan puertos o zonas de paso entre valles fluviales. Cuando las torrenteras  o los manatiales que afloran  en altura, hallan el vacío junto a farallones verticales, las aguas caen mostrando las más espectaculares de sus manifestaciones: los chorros. La energía del agua crea en la base del chorrro una profunda poza, antes de proseguir hacia zonas más bajas. En torno a los chorros se forman áreas con un microclima  húmedo y umbrío capaz de albergar a especies como el sauce (Salix atrocinerea, Salix salviifolia), la hiedra (Hedera helix), el aliso (Alnus glutinosa), el durillo (Viburnum tinus), el acebo (Ilex aquifolium) o  el helecho real (Osmunda regalis).  Cuando los saltos de agua son de menor tamaño y generalmente se escalonan a modo de grandes cascadas,  se forman las chorreras. Éstas determinan enclaves de espectacular belleza con una fauna y flora adaptada a la bravura de las aguas. Así, es posible encontrar vegetales en la misma corriente, como los cárices (Carex sp.). Las ranas patilargas (Rana ibérica) buscan  un refugio seguro tras la gruesa cortina de agua encaramadas en alguna oquedad o saliente de las rocas. Frecuentemente se hallan aquí también manojos de algas clorofitas filamentosas ondeando bajo las turbulentas aguas al pie de los saltos o fijadas a alguna roca. Estos amasijos de algas crean microsistemas ecológicos capaces de albergar a microorganismos fijados o enredados entre sus filamentos, sobreviviendo allí al empuje de la corriente. El sapo común o escuerzo (Bufo bufo) es una especie asidua a estos lugares, no dudando en arrojarse al mas impetuoso de los torrentes ante el acoso de los depredadores, entre los que destaca la nutria (Lutra lutra). Ranas comunes (Rana perezi), tritones ibéricos (Triturus boscai), culebras de agua (Natrix natrix) y lagartos verdinegros (Lacerta schreiberi) también destacan entre la fauna asociada a estos agrestes parajes.

    Los cursos fluviales más abundantes de Las Hurdes son los arroyos. Éstos son visibles desde la lejanía, ya que frecuentemente no cuentan con bosques riparios que los oculten; tan sólo helechos (Dryopteris filix-mas), brezos (Erica sp.), zarzas (Rubus ulmifolius), escaramujos (Rosa canina) y cárices (Carex sp.) bordean sus tortuosos lechos, si bien en tramos altos, recónditos y umbríos componen sus márgenes tupidas madroñeras (Arbutus unedo), labiérnagas (Phillyrea angustifolia), ruscos (Ruscus aculeatus), durillos (Viburnum tinus) y acebos (Ilex aquifolium). Los arroyos son colonizados por multitud de peces, anfibios e invertebrados que los remontan año tras año, sus transparentes aguas rebotan o saltan entre las piedras dejándose acumular entre sus recovecos algunos detritos procedentes de los restos vegetales llevados allí por el viento o la lluvia al correr por las laderas, que servirán como sustrato o alimento a los moradores acuáticos.   Las confluencias con otros arroyos o las desembocaduras en los ríos dan lugar a parajes de gran belleza.

     Los ríos hurdanos tienen gran parte de su recorrido franqueados por rústicos muros de piedras que albergan huertos, frutales y pastizales. Intercalándose en el paisaje  ribereño se hallan tramos de alisedas (Alnus glutinosa), saucedas (Salix atrocinerea, Salix salviifolia), a veces formando hermosos bosques en galería y raramente choperas (Populus nigra) y fresnedas (Fraxinus angustifolia). No obstante,  y aunque los vegetales más frecuentes en sus riberas son también helófitos herbáceos y helechos, a veces confluyen en la  misma orilla ejerciendo de bosques ribereños,  brezos (Erica sp.) y pinos (Pinus pinaster). Durante el estío se intercalan entre las pizarras de las orillas núcleos de menta burrera (Mentha suaveolens),  poleo (Mentha puligeum), apio (Apium graveolens)  y calamento (Satureja ascendens). Escasea la vegetación acuática sumergida, solamente hay ejemplares reófilos como ciertos musgos y, en tramos  remansados, núcleos de ranúnculos (Ranunculus sp.) durante la primavera. Las aguas de los ríos hurdanos son mayoritariamente transparentes y oligotróficas. No obstante, hay períodos y enclaves donde las aguas son mesotróficas o incluso eutróficas, sobre todo durante el estío cuando el caudal se reduce y las aguas aumentan de temperatura; además son frecuentes los aportes de restos vegetales procedentes de la vegetación riparia, de los pinares (Pinus pinaster)  o del bosque mediterráneo, quedando depositados en el fondo en forma de detritos entre los recovecos de las pizarras a salvo de la corriente. Estos restos sirven de cobijo y alimento, al igual que en los arroyos, a los moradores de estas  aguas.     Tanto arroyos como ríos albergan un amplio abanico de elementos geomorfológicos fruto de la interacción de las aguas con el relieve circundante: habitualmente las fuertes pendientes por las que discurren estos sistemas acuáticos determinan la abundante presencia de rápidos durante prácticamente todo el año. En ocasiones, dada la accidentada orografía hurdana, en el lecho del curso fluvial hay pequeños hundimientos o zonas más erosionadas, lo que da  lugar a la formación de pequeños saltos o cascadas. En estos puntos el arroyo o el río actúa erosionando la base de la cascada, así como el borde de ésta provocando un proceso de erosión remontante. Salpicando el río con tintes más oscuros, la presencia de aguas más profundas revela la existencia de pozas y charcones donde el flujo se revolvió y excavó más, destacándose las frecuentes huellas dejadas sobre la roca madre del lecho por la bravura de las aguas: láminas pizarrosas exquisitamente pulidas, pilancones, escalones y cortados, configurando parajes de gran belleza.

     Los ríos de Las Hurdes, llevados por su incansable búsqueda gravitatoria de tierras más bajas, se dejan llevar por espectaculares recorridos originando bellas curvaturas (meandros), acusando con su erosión su encajonamiento en los valles.     Aunque el lecho de los cursos fluviales está muy bien delimitado, dado el poder erosivo del agua encajonándose entre las montañas, son apreciables los límites de las crecidas tras las lluvias, así como la vuelta al cauce principal unos días después. De hecho a veces pueden contemplarse en el arbolado de ribera (mayoritariamente alisos) restos de broza elevadas y enganchadas sobre las ramas como muestra del arrastre de las aguas durante el incremento del caudal. Ello determina que se formen dentro del lecho, en zonas laterales donde el agua llegó durante las crecidas, charcos (remansos laterales) que quedan temporalmente aislados del cauce principal, generalmente impetuoso. Se trata de aguas tranquilas que acaban componiendo un abigarrado ecosistema que incluye a productores como las algas, consumidores como  invertebrados acuáticos o peces (arrastrados allí durante la crecida), además de los organismos que optan por colonizar estos enclaves a salvo de la fuerza del agua como ranas, tritones o culebras, y a descomponedores como los hongos.  La vida en estos reductos llama poderosamente la atención sobre todo durante el período invernal, cuando está en letargo en gran parte del curso fluvial, dada las bajas temperaturas reinantes (las temperaturas invernales del agua pueden alcanzar valores mínimos de 4ºC, sobre todo en días de deshielo de los neveros durante la madrugada, y máximos de 10,3ºC a inicios de la tarde). La persistencia de estos ecosistemas en el tiempo dependerá de la llegada de la siguiente crecida  que arrastrará algunos organismos allí cobijados integrándolos de nuevo al curso principal del río, a la vez que dejara allí a otros.

     Entre la fauna asociada a los arroyos y los ríos, además de multitud de invertebrados, destacan los peces: bordallos (Squalius pyrenaicus), calandinos (Squalius alburnoides), colmillejas (Cobitis vettonica), y barbos (Barbus microcephalus). También abundan las ranas comúnes (Rana perezi) y las patilargas (Rana iberica), los tritones ibéricos (Triturus boscai), los sapos parteros (Alytes obstetricans), las salamandras (Salamandra salamandra), las culebras de agua (Natrix sp.), los galápagos (Emys  orbicularis) los lagartos verdinegros (Lacerta schreiberi), los mirlos acuáticos (Cinclus cinclus), las nutrias (Lutra lutra). Las orillas muchas veces han sido hozadas por  jabalíes (Sus scrofa) que bajan a beber y a rebuscar entre el húmedo sustrato de las orillas raíces, insectos y gusanos.

     No obstante, la dinámica salvaje de las aguas en la comarca de Las Hurdes se ve a menudo remodelada por la mano del hombre transformando tramos de sistemas acuáticos lóticos en leníticos. Así, pequeñas y artesanales represas o pesqueras construídas con la abundantísima pizarra del lecho salpican el paisaje de ríos y arroyos. Estas sencillas construcciones remansan temporal y puntualmente la corriente, elevan la cota y desvían parte del caudal por un rústico canal lateral bordeado asimismo de pizarras que transcurrirá paralelo al lecho del río, con el fín de irrigar durante el estío, aguas abajo, pequeños huertos creados y mantenidos por el hurdano con mucho esfuerzo. Las represas tienen sus aliviaderos y así, el aporte continuo de agua hace que el río apenas se entere, ya que tras ellas el agua continua fluyendo. Es más, resultan beneficiosas al agolparse en estas zonas un mayor volumen de agua con una tasa de renovación menor. Ello da lugar a una mayor acumulación de nutrientes y en definitiva un enriquecimiento biocenótico puntual. Así, en estas áreas suelen abundar las algas y en concreto grandes amasijos de clorofitas filamentosas, base, junto con los detritos, de las cadenas tróficas del sistema acuático, proporcionando a las aguas un tinte eutrófico y verdoso, destacable entre la mayoría de los tramos con aguas transparentes y  oligotróficas (con escasos nutrientes). Además en su discurrir por canales paralelos al curso fluvial hasta los huertos, el agua se va infiltrando por multitud de recovecos, humedeciendo amplias franjas de riberas hasta retornar de nuevo al río, lo que contribuye a crear húmedos microclimas en zonas a veces alejadas del curso fluvial. Es como si el agua fuera tomada prestada para darle un paseo en torno a los márgenes: es desviada del curso fluvial y más abajo derramada en un huerto al lado del río. Así, casi toda el agua, antes o después, vuelve al río o pasa a la atmósfera habiendo servido a las plantas, creando verdor a su paso. Antaño,  las represas eran construidas o reconstruidas todos los años ya bien entrada la primavera con las piedras del lecho para que desviaran agua sólo durante el estío. Con la llegada del otoño, éstas ya no tenían sentido y la bravura de las aguas las destruía una vez más total o parcialmente. Muchas de ellas serían entonces simplemente un pequeño bulto en la inestable y arrugada manta acuática del río. Hoy día, en cambio son cada vez más frecuentes las represas permanentes construidas con hormigón, lo que a veces representa un obstáculo natural para  los desplazamientos de la ictiofauna. Estas pesqueras cuentan con el problema añadido de que se colmatan con bloques, cantos y gravas en pocos años, al existir un importante flujo de materiales en el lecho, dada las fuertes pendientes y la bravura de las aguas, impidiendo en consecuencia un mayor almacenamiento del caudal.

                   Las alquerías y los pueblos de Las Hurdes, siempre asomados a algún río, cuentan con piscinas naturales. Se trata de represas (no muelevadas) de hierro, de piedra o de hormigón con una o varias compuertas. Se trata de ligeros ensanchamientos del lecho y paredes laterales de piedra para retener temporalmente el flujo de agua, creando un sistema acuático cuyo medio se está renovando continuamente debido al incesante aporte de agua del río y a su salida por los rebosaderos o colándose entre las viejas planchas metálicas de las compuertas. El resultado es una masa de agua remansada y algo más honda para disfrute de bañistas durante el estío. Estas sencillas construcciones están generalmente bastante integradas en el paisaje ya que al ubicarse junto al pueblo, sirven de tránsito entre los  elementos antropogénicos allí presentes (huertos, canales, caminos, casas, etc.) y el río libre. Al quedar integrada la piscina en el lecho del curso fluvial, ésta cuenta con todos los elementos biocenóticos acuáticos habituales en los ríos hurdanos (organismos bentónicos, anfibios,  peces, reptiles, etc.); Lo que les confiere a estas zonas un peculiar encanto. Cuando el verano se va,  las compuertas son abiertas para que el río discurra sin obstáculos, libre otra vez.

      La comarca de las Hurdes  cuenta también con pequeños  embalses construidos fundamentalmente para abastecer  de agua potable a las poblaciones. Como ya se indicó al principio,  todas las aguas hurdanas que acaban confluyendo en el río Alagón quedan represadas en el gran embalse de Gabriel y Galán, cuyo objetivo fundamental es el de abastecer de agua para regadío a la zona de las Vegas de Coria, sin descartar el aporte de agua a poblaciones, el aprovechamiento hidroeléctrico y el control del caudal evitando inundaciones en las tierras bajas. Los pequeños embalses hurdanos ofrecen hermosos paisajes: láminas de agua bordeadas de montañas con abundante vegetación natural o extensos pinares de repoblación, tan contrapuestos a otros parajes acuáticos en los  que las aguas rápidas son las protagonistas.

     La incidencia sobre los cursos fluviales de la zona  es leve, ya que el fluir del agua a partir del dique es continuo pues el aporte procedente de ríos y arroyos también lo es. Sus márgenes, al apenas descender la cota a lo largo del año, admiten el asentamiento de vegetación ribereña como saucedas, alisedas o choperas, a diferencia de otros embalses en los que las bruscas subidas y bajadas de nivel impiden el arraigo de esta vegetación.

 

 Apuntes limnológicos

La división zonal de los sistemas acuáticos hurdanos queda estructurada así: 

 – El fondo de la masa de agua, que incluye a su vez a los siguientes componentes:

     a) La fracción inorgánica, formada por fragmentos de materiales (arenas, gravas, cantos rodados, bloques) y afloramientos de la roca madre.

     b) La fracción orgánica inanimada, formada por restos animales y vegetales (detritos), procedentes sobre todo de la broza caída al agua, cuya presencia y abundancia depende de la fuerza del agua (época del año) y de la situación en el curso fluvial, siendo mayor en las zonas tranquilas y menor en las zonas del lecho sometidas a fuertes corrientes. Resulta interesante destacar la presencia de restos vegetales carbonizados enterrados en el lecho, como recuerdo sedimentado de antiguos incendios. La abundancia  de detritos en el agua implica una mayor cantidad de nutrientes, de biotopos y en definitiva un aumento en la biodiversidad.  Los detritos son aprovechados por muchos seres que lo ingieren directamente (detritívoros) o bien a los microorganismos mezclados entre sus partículas como microalgas, protozoos, nematodos y rotíferos. Así, macroinvertebrados acuáticos como las larvas de tricópteros, con sus cuerpos protegidos por una cápsula de pequeñas piedras se alimentan de este recurso trepando por las rocas, escalando paredes incluso verticales; cuando quieren dejar esa zona para dirigirse a otra, se dejan caer, rodando espectacularmente hasta aferrarse con sus patas a otra parte de la roca y seguir comiendo. El detrito es también una fuente importante de alimento para las larvas de anfibios y los peces de las Hurdes. Además del detrito en las Hurdes es frecuente la presencia de broza que son restos de vegetales que caen al agua, la broza al fragmentarse contribuye al aumento de los dertitos, no obstante, también contribuye al aumento de microhábitats en el fondo, incluso a servir  de soporte para la supervivencia de comunidades acuáticas que se aferran a ella.

                                                                                                  c) Los seres vivos, cuya presencia y abundancia quedan determinados también por las características del biotopo, así, la biodiversidad será mayor conforme las aguas sean más tranquilas. En los seres vivos bentónicos destacan dos grupos:

1. Organismos de fondo (bentos y endobentos) en aguas tranquilas. Componen los sistemas limnológicos con mayor riqueza y diversidad de organismos. Típico de época estival en tramos con aguas remansadas. Abundan las algas sobre todo las clorofitas y las diatomeas, protozoos, rotíferos, nematodos, nematomorfos, anélidos, coleópteros, hemípteros, larvas de dípteros, larvas de efemerópteros, larvas de tricópteros, larvas de plecópteros, larvas de odonatos, larvas de coleópteros, gasterópodos y crustáceos como los branquiópodos y los copépodos que utilizan también temporalmente la columna de agua (plancton).

2. Organismos fijos al sustrato en zonas de corriente, éstos suelen ser tapizantes contando con fuertes elementos de sujección directa al sustrato (rocas) y a elementos detríticos. Su porte es achaparrado como algunas algas y gasterópodos (Ancylidae) o bien filamentoso como algunos musgos, algas clorofitas y plantas acuáticas, capaces de albergar en su interior un sistema ecológico basado en estar enredado a esos filamentos para no ser arrastrados, siendo frecuentes la presencia de algas diatomeas ancladas a los filamentos, además de rotíferos, ácaros, larvas de dípteros y larvas de tricópteros.

La columna de agua: En los tramos aguas rápidas, apenas hay organismos (plancton y necton), dado el tremendo empuje de éstas. En las vistas subacuáticas de zonas próximas a cascadas y rápidos tan sólo se pueden apreciar algunos peces, alerta por si algún fragmento o invertebrado es arrastrado para capturarlo, además son zonas tremendamente oxigenadas. En zonas tranquilas la columna de agua es utilizada por organismos que la utilizan temporalmente como zona de trasiego hacia la superficie o hacia el fondo donde encuentran cobijo. También puede haber organismos filamentosos que a su vez sirven de nicho espacial y trófico a muchos otros seres vivos. Los organismos más frecuentes son los crustáceos (copépodos y branquiópodos), los rotíferos y las larvas de dípteros.

–  La superficie del agua: Queda ocupada por algunos organismos (neuston) que se desplazan sobre ella, como algunos arácnidos e insectos. Se caracterizan por tener unas patas largas que dividen el peso del animal para no romper la tensión superficial del agua y así poder flotar sobre ella. Son frecuentes los zapateros (Guerris sp.), las velias (Velia sp.) o los girínidos (Girinus sp.) desplazándose con gran agilidad, incluso al borde de las aguas rápidas. No obstante, suelen acumularse en zonas remansadas laterales o tras afloramientos rocosos donde el empuje del agua es menor. En ocasiones pueden hallarse dando caza a otros invertebrados, otras apareándose y raramente ambas cosas a la vez. Actuan como auténticos cazadores y carroñeros de la superficie del agua, atacando y elimando a cualquier  insecto que caiga a ella; si no pueden con él esperan a que se ahogue para luego aprovechar sus nutrientes.

     A veces pueden ocupar el neuston la parte aérea de plantas acuáticas enraizadas como el ranúnculo, si bien no son abundantes dado que la mayoría de las aguas son rápidas. Estas plantas son utilizadas para las puestas de los insectos como los odonatos y los dípteros.

 

Los peces de Las Hurdes

     En las masas de agua que recorren el territorio de Las Hurdes abunda la ictiofauna. Ello se hace palpable dada la transparencia y la escasa profundidad de las aguas en la mayoría de los tramos fluviales, sobre todo durante el estío. Son especies de pequeño o mediano tamaño, muy bien adaptadas a la bravura de estas aguas, con un tremendo poder dispersivo y con gran agilidad para ocultarse en caso de peligro. La abundancia de rocas en el lecho dando lugar a multitud de recovecos donde esconderse o cavidades entre los afloramientos de roca madre donde guarecerse del empuje de las aguas, facilitan su supervivencia.

       En general, la ictiofauna esta activa durante el período: abril – octubre. Ello está directamente relacionado con la temperatura del agua. Así en el mes de octubre se hallan temperaturas del agua en torno a 14 ºC, lo que determina que la ictiofauna comience su período de letargo, si bien hay bastantes excepciones, generalmente en  especímenes subadultos que pueden encontrarse activos en las zonas más tranquilas del río o en charcos fuera del cauce principal (remansos laterales) incluso durante el período invernal, cuando la temperatura del agua puede alcanzar valores de hasta 4 ºC (sobre todo, tras los deshielos de los neveros).

     Las especies más frecuentes en los cursos fluviales hurdanos son:

Calandino (Squalius alburnoides)

Bordallo (Squalius pyrenaicus)

Barbo (Barbus microcephalus, Barbus bocagei)

Colmilleja (Cobitis vettonica)

En menor cantidad están,  entre otras, la boga (Chondrostoma polylepis), la bermejuela (Chondrostoma arcasii) y la trucha (Salmo trutta), de la que hay repoblaciones puntuales.

    El bordallo y el calandino son las dos especies más generalistas, esto es, con presencia en  una mayor variedad de biotopos acuáticos, con poblaciones abundantes  en ríos y arroyos. Son  las que más se adentran para colonizar los tramos de cabecera de los cursos fluviales. Sus dietas son oportunistas, ingiriendo fundamentalmente invertebrados acuáticos bentónicos y planctónicos, detritos y algas.

   Las colmillejas y los barbos suelen ocupar los tramos medios de los cursos fluviales y preferentemente zonas con mayor profundidad. Las colmillejas ocupan un hábitat eminentemente bentónico. Su coloración críptica le permite pasar desapercibida entre el color pardo del lecho rocoso. Se alimentan de invertebrados, detritos y  algas. Los barbos, además de capturar invertebrados acuáticos, raspan las rocas que tienen adheridas en su superficie algas y detritos con colonias  de  microorganismos asociados, quedando luego unas   singulares marcas en la roca como huellas del raspado sobre las rocas. Los barbos son peces muy inquietos y rápidos. La mayoría de los ejemplares que ocupan arroyos y ríos son subadultos. Los ejemplares adultos se hallan habitualmente en grandes pozas y zonas bajas de los ríos.

   Las incursiones reproductivas de las especies vienen determinadas fundamentalmente por el período de celo. Previamente los ejemplares adultos se acumulan en los entrantes a los tributarios para, generalmente durante la noche, saltar y entrar río o arroyo arriba superando obstáculos, a veces espectaculares si se tiene en cuenta el tamaño del pez. Algunas especies ya lo hacen al llegar el otoño, cuando las aguas están aún no muy frías, pero ya ha habido un aumento significativo del caudal lo que hace más fácil la remontada. Otras especies lo harán a finales de invierno y durante la primavera, cuando las aguas vuelven a permitir que los individuos abandonen el duro letargo invernal, así como se han suavizado algo las fuertes e impetuosas aguas invernales. Algunos individuos pueden estar activos en los remansos laterales, con aguas más cálidas y temporalmente a cobijo de las frías corrientes. También pueden avistarse núcleos de subadultos activos en pleno invierno.

     El celo tiene lugar, independientemente de la remontada, en primavera. A partir de aquí en los focos reproductivos se iniciará una colonización de masas de agua pudiendo desplazarse aguas abajo siendo arrastrados incluso tras fuertes lluvias.  Los adultos quedan confinados durante los meses estivales en las pozas de mayor tamaño. Alcanzando el límite íctico para cada curso fluvial, esto es, la zona más alta colonizable, a partir de la cual ya no hay ictiofauna. Esta zona se suele caracterizar por la presencia de una poza con una concentración de ejemplares adultos, por encima de la cual hay un obstáculo que impide la remontada( generalmente un salto con desnivel de uno a tres metros o una zona de derubios caído al lecho del río impidiendo la remontada, si bien estos puntos de límites no son fijos y en determinadas condiciones pueden llegar a remontar más). A partir del límite íctico las aguas quedan ocupadas solamente por larvas de anfibios (Rana perezi) como único representante vertebrado, ahora en período reproductivo.

     Los alevines que nacen en las pozas a finales de primavera  y  durante el verano se dispersan en todas direcciones, pudiendo colonizar charcones y tramos interconectados por suaves y poco profundas corrientes. Durante el estío el alevinaje puede contemplarse agrupado en cardúmenes deambulando por aguas tranquilas y poco profundas, generalmente próximas a la orilla. Durante este período se da en las aguas una mayor eutrofia, debido a una mayor temperatura del agua y una deposición de nutrientes en el bentos que tapizan la superficie de muchas rocas y oquedades entre éstas. Una consecuencia de esta eutrofia es el incremento de algas, sobre todo clorofitas filamentosas, que a su vez albergan a una rica variedad de microorganismos. Las algas al realizar la fotosíntesis comienzan a liberar oxígeno. Este gas se va acumulando formando burbujas que pueden quedar retenidas entre la maraña de filamentos. Frecuentemente al unirse  varias burbujas éstas ascienden arrastrando fragmentos de bentos que son elevados hacia la superficie, llenando de microorganismos la columna de agua, pudiendo ser atrapados fácilmente por los alevines. Esta peculiar dinámica ofrece un recurso trófico a la ictiofauna  que de otra forma  le quedaría inaccesible.

 

Los anfibios de Las Hurdes 

     La región de Las Hurdes es muy rica en fauna anfibia. Su alta pluviosidad determina en gran medida esta abundancia. No obstante, ante lo agreste y escarpado del territorio y la rudeza del clima en invierno, pudiera pensarse en un principio que no es una zona excesivamente idónea para los anfibios. Nada más lejos de la realidad. Las especies aquí presentes se han adaptado muy bien tanto a lo agreste del terreno, como a la fuerza del agua ocupando y colonizando temporalmente espacios  y tiempos (estaciones) favorables. Tradicionalmente maltratados por sus aspectos y leyendas, los anfibios cumplen su misión sobreviviendo en el sistema ecológico del que forman parte.

Las especies más frecuentes de hallar en la comarca de Las Hurdes son:

 

Otros vertebrados ligados al medio acuático

     Las masas de agua hurdanas albergan también a otras especies de vertebrados asociados en mayor o menor grado al agua. Entre ellas cabe destacar  a reptiles como el lagarto verdinegro (Lacerta schreiberi), el galápago europeo (Emys orbicularis) o las culebras de agua (Natrix sp.); aves como el martín pescador (Alcedo athis), el mirlo acuático (Cinclus cinclus) o la lavandera boyera (Motacilla cynerea) y mamíferos como la nutria (Lutra lutra).

 

 

 

Alfonso J. Rodríguez Jiménez

Doctor en Ciencias Biológicas 

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