Los arroyos de montaña en Las Hurdes

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Alfonso J. Rodríguez Jiménez

Doctor en Ciencias Biológicas

INTRODUCCIÓN

     Los arroyos de montaña en la comarca de Las Hurdes son cursos fluviales permanentes que se surten de neveros, manantiales, torrenteras y aguas salvajes, para a su vez afluir en  otros arroyos y ríos.  Estos cursos fluviales se localizan mayoritariamente entre 600 m y 1400 m de altitud.

       El terreno por donde discurren está formado fundamentalmente por pizarras paleozoicas en montañas muy erosionadas donde es palpable la acción de una tremenda meteorización generalmente debida a procesos de gelifracción y a la erosión pluvial. Así, el potente e incesante flujo de las aguas provoca una erosión del terreno que da lugar a collados más o menos profundos y valles, en general, bastante encajonados.  

      Las fuertes pendientes hacen que sean frecuentes los desprendimientos  de bloques que pueden quedar temporalmente retenidos por otras rocas o por la vegetación de las laderas antes de caer al agua donde serán pulidos (2). El paisaje en consecuencia adquiere una tremenda dinámica geológica: orden y caos se alternan a lo largo del tiempo revelando una sensación de agreste belleza (3).

      El lecho de los arroyos es tremendamente irregular, alternándose bloques caídos de las montañas con afloramientos de roca madre y fragmentos de materiales pulidos. Elementos geomorfológicos debidos a la acción del agua  como pozas, saltos, cascadas, charcones, pilancones o canaladuras son muy frecuentes en estas zonas.  A veces el agua discurre temporalmente de forma subterránea al haber sido cegado el cauce por derrubios procedentes de desprendimientos en las laderas (4).  En ocasiones la erosión deja en las laderas, cuando hay afloramientos de estratos verticales de pizarras, unas singulares estructuras en lápidas (5).

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LA VEGETACIÓN : EL BOSQUE RELICTO

     La confluencia de factores como la altitud, la pluviosidad (elevada), el sustrato, la orientación y el encajonamiento (mayor o menor) determinan que estos collados, atravesados por el flujo incesante del agua, alberguen una frondosa vegetación.

     El peculiar encajonamiento de estas montañas determinó la supervivencia durante las últimas épocas glaciales de vegetación subtropical propia de períodos más cálidos. Así, helechos, musgos, hepáticas, líquenes y espermafitas arbustivas y arbóreas aguantaron en estas angosturas períodos de intensos fríos. Cuando las temperaturas se recuperaron, otras especies de ámbito eurosiberiano hallaron  la altitud, la frescura y la humedad suficiente en estas montañas para sobrevivir, convirtiéndose estos enclaves en una amalgama de ambos tipos de vegetación .

     En  los arroyos de montaña es habitual que las zarzas, los cárices, los escaramujos a la vez que los brezos y las arboledas de encinas y madroñas (enormes) ejerzan frecuentemente de bosques ribereños. En los collados y valles más abiertos y soleados (6) pueden hallarse además ejemplares aislados de chopos, alisos, sauces y fresnos. Mientras que  en los tramos más angostos y umbríos (7) son frecuentes los durillos, las cornicabras, los acebos, los ruscos, y ejemplares aislados de mostajo y arce de Montpellier.

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ADAPTACIONES

    La vegetación de estos collados cuenta con un potente aparato radicular que le permite crecer en zonas frecuentemente carentes de suelo, con pendientes acusadas y sometidas al empuje del agua. Así, en ocasiones las encinas surgen de retoños radiculares que crecen entre grietas de la misma roca madre (8). Los sauces además cuentan con un ensanchamiento en la base del tronco y fuertes raíces capaces de envolver a las rocas para fijarse y desarrollarse en el mismo borde del agua, resistiendo el empuje de la corriente (9). Las madroñeras con las torsiones de sus tallos y raíces son capaces de abrazar y envolver piedras (como si se las tragaran) asiéndose con fuerza al sustrato (10).

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     Las fuertes pendientes de las laderas determinan que la vegetación se incline buscando la luz llegando a juntarse en las partes más bajas de los collados las copas de los grandes árboles de ambas laderas formándose hermosos pasillos en galería por donde discurren los arroyos.

    La inclinación es a veces tan acusada que a veces los árboles (sobre todo las madroñas) llegan a apoyar las ramas en la otra orilla del arroyo bien sobre algún otro árbol (11) o directamente sobre el suelo (12). En ocasiones los árboles llegan a quedar tumbados continuando su crecimiento verticalmente desde el tronco ahora horizontal a modo de planta rastrera.

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        Otra estrategia de supervivencia en estos entornos tan abigarrados y geológicamente tan cambiantes es la que llevan a cabo las plantas trepadoras, capaces de utilizar como soporte a otros vegetales para lograr una ubicación espacial idónea para su supervivencia.

     Las zarzas (13) son las más abundantes, formando masas a veces compactas en las márgenes de los arroyos. Entrelazando sus ramas a las de otros árboles gracias a sus espinas, es capaz de crecer en altura y descolgarse a modo de cortinas por encima del agua, colonizando así un espacio aéreo que no podría hacerlo de forma rastrera ni arbustiva. Los rosales silvestres (14), menos numerosos que las zarzas, suelen permanecer en estructuras arbustivas si bien sus ramas pueden esporádicamente situarse sobre árboles y arbustos. Las hiedras (15) forman núcleos a veces muy densos en zonas umbrías y húmedas, trepando por piedras y por troncos de árboles gracias a sus raíces adventicias. Las madreselvas (16) forman también agrupaciones muy compactas en áreas sombreadas y frescas enlazándose con sus tallos volubles a otras plantas si es necesario.

     Al llegar el verano, algunos tramos luminosos de los collados por donde discurren los arroyos de montaña, se cubren de flores. Se trata de plantas de apio que poco a poco han ido colonizando el lecho y ahora, con el caudal mermado,  se muestran en su máxima expresión (17)   Asociada a esta floración va un incremento en la biodiversidad de la fauna presente en el arroyo, ya que acuden multitud de insectos a alimentarse y de paso, polinizar las flores (18, 19 y 20).

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Fauna

PECES

     La presencia de peces tiene lugar en los tramos mas bajos de los arroyos de montaña, llegando su colonización hasta algún obstáculo orográfico que les impida su presencia aguas arriba.  Se trata del límite íctico o barrera natural que les impiden la remontada. Estos obstáculos suelen ser cascadas sobre un gran resalte vertical (21) o bien derrubios caídos al lecho (22). Las dos especies más intrépidas en su afán por colonizar estas aguas son el calandino (Squalius alburnoides) y el bordallo (Squalius pyrenaicus) (23).

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LA RANA PATILARGA (Rana iberica

     Este anfibio (24) salpica de pardo con sus saltos los tramos más recónditos de los cursos fluviales en la montaña. Prefiere ocupar zonas escarpadas, con aguas rápidas y espesa vegetación. Su pariente la rana común se queda aguas abajo en tramos más tranquilos de menor pendiente, si bien hay zonas en las que las dos especies cohabitan.

     A la rana patilarga se la puede ver en las orillas de las cascadas en grupos de hasta cinco ejemplares (25). Su coloración suele ser parda en un rango que va desde tonos ocres a marrones oscuros. Como muchos de los animales con coloración críptica, confía tanto en su camuflaje en el entorno que no suele huir al sentir un cambio de sombreado encima. Sin embargo, algunos ejemplares en zonas despejadas, se sienten  seguros colocándose bajo alguna hoja de madroña, reculando bajo ellas e incluso utilizando las manos para ajustársela (26).

    La reproducción tiene lugar en primavera y los renacuajos destacan en los recodos laterales y tranquilos del curso fluvial con sus llamativas punteaduras doradas (27).

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EL ESCUERZO (Bufo bufo)

           Si la rana patilarga era el vivo ejemplo de la agilidad para sobrevivir en este entorno tan agreste, el escuerzo o sapo común (28) lo  es de la tozudez y el esfuerzo tenaz. Su gateo entre las rocas y la vegetación lo lleva a cabo gracias a su rechonchez y su dureza, logrando así abrirse paso en sus desplazamientos, ya desde  estadíos infantiles  (29), a veces por lugares poco accesibles. Tampoco teme a las aguas rápidas, no dudando en arrojarse, aún con riesgo de golpearse, al más impetuoso de los torrentes si se ve amenazado.

     El celo tiene lugar también a inicios de primavera buscando pozas para realizar amplexos subacuáticos  (30) que pueden durar horas, hasta depositar los negruzcos y gelatinosos cordones de huevos. Es depredado por las nutrias que realizan incursiones aguas arriba para capturarlos fácilmente durante su período reproductivo, quedando en ocasiones restos de sus vísceras en el arroyo.

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EL TRITÓN IBÉRICO (Triturus boscai)

             De movimientos lentos y torpes en tierra, el tritón ibérico (31) en el agua se desenvuelve con agilidad. No obstante rehuye de los arroyos desde mediados de otoño hasta bien entrado el invierno, cuando las crecidas son muy poderosas y las aguas son muy bravas.

     Ya desde finales de invierno, durante la primavera y el verano, el tritón ibérico es un elemento peculiar fijo entre las cristalinas y sombreadas aguas de los arroyos de montaña. Su coloración dorsal tremendamente críptica contrasta con la aposemática (de advertencia) típica de su vientre con tono anaranjado – rojizo y punteaduras negras. El celo (32) tiene lugar a comienzos de primavera  y las larvas estarán en los cursos fluviales hasta completar la metamorfosis ya bien entrado el verano.

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LA SALAMANDRA (Salamandra salamandra)

     Este es quizá el anfibio más misterioso de todos los presentes en los arroyos de montaña (33). No es fácil de ver, saliendo de sus refugios  sólo en las noches muy lluviosas y aún no muy frías. No obstante, delata su presencia, al menos puntual en los arroyos, las larvas (34) encontradas en algún charco o recodo aislado del curso fluvial, generalmente en tramos sombríos. Depredados en ocasiones por jabalíes, zorros, garduñas y nutrias a pesar del veneno que tienen bajo su  piel, encontrándose a veces macabros restos en las cercanías de los arroyos (35).

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EL LAGARTO VERDINEGRO (Lacerta schreiberi)

     Este sigiloso saurio aparece como una figura hierática (36) en las zonas más variadas del arroyo de montaña; sobre rocas calentándose al sol, entre la vegetación cazando, o incluso en el agua si tiene que desplazarse o huir. De movimientos confiados y lentos, al llegar la primavera, los machos muestran un intenso color azul en su cabeza, colocándose en zonas visibles como señal de territorialismo y celo. Las hembras tienen una coloración parda al igual que los ejemplares juveniles pero éstos con unos llamativos lunares amarillos en los costados (37). Realiza incursiones entre la abigarrada vegetación y la broza del suelo para capturar a sus presas. 

LA CULEBRA DE AGUA (Natrix sp.) 

     Esta especie realiza incursiones puntuales en los arroyos de montaña a veces llegando a lugares de gran altitud. Busca fundamentalmente peces, en los tramos situados antes del límite íctico, anfibios (adultos y larvas) e invertebrados. Aunque se desenvuelve bien en zonas de aguas rápidas, esta culebra prefiere tramos de aguas más tranquilas por ello su presencia es esporádica en estas zonas (38,39).

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Alfonso J. Rodríguez Jiménez

Doctor en Ciencias Biológicas

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